La ciudad cambia, devuelve favores

y a veces traiciona.

El boliche donde nos conocimos

ahora es un salón de fiestas.

A nuestro bar lo convirtieron

en lavautos,

y el Atlas donde vimos Adiós a Las Vegas

derivó en Rodó Hermanos.

Pero lo que me lastima es el bondi:

sigue frenando ahí,

justo dónde me decías

“Llamame cuando llegás”.

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